La imaginación de Julia le permite mirar su vida con otra luz y encontrar fuerzas en medio de una realidad difícil. En esta historia, la pregunta quién soy funciona como un pequeño refugio y como una forma de seguir adelante sin perder la esperanza.
Cada mañana, Julia se deja llevar por el juego y se transforma en princesa, pirata o hada. Cambiar de personaje no es solo divertirse un rato: es una manera de sentirse valiente, de entender el mundo a su manera y de convertir lo cotidiano en algo más amable.
Pero fuera de ese mundo inventado, Julia vive en una casa de acogida y está separada de su madre. Se ven de vez en cuando, y esos encuentros tienen una intensidad especial. Madre e hija comparten sueños, deseos y la ilusión de volver a estar juntas de forma definitiva.
La madre le transmite algo muy simple y muy valioso: no dejar de soñar, incluso cuando las cosas aprietan. Cuando se despiden, Julia siente tristeza, claro, pero vuelve a su universo interior para resistir. Ahí es donde la fantasía no sirve para escapar sin más, sino para sostenerla por dentro.
El cuento de Ricardo Alcántara nos recuerda que imaginar también puede ser una forma de cuidar lo que sentimos. A veces, pensar en lo que podríamos llegar a ser ayuda más de lo que parece.
Podemos gamificar esta idea con un reto diario de personajes: cada día elegimos uno, pensamos cómo resolvería una situación difícil y compartimos una respuesta sencilla.
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