JlA 11×13 El horror latinoamericano nace de la memoria

El horror latinoamericano no sale de la nada: nace de la mezcla entre tradiciones indígenas y catolicismo español, y de una memoria histórica que sigue dando sustos de los de verdad. En esa línea, Curly Velazquez destaca que Pedro Páramo fue una excepción fundacional y una puerta de entrada a este universo. En México, Juan Rulfo transformó una biografía marcada por la violencia, la guerra cristera, la muerte de sus padres y la ruina familiar en la historia de Juan Preciado, que llega a Comala buscando a su padre y encuentra un pueblo fantasma lleno de voces. Lo que parece una búsqueda familiar acaba convertido en una experiencia de desolación, abuso de poder y misterio.

La fuerza de la novela está también en cómo está contada. Rulfo recurre a técnicas narrativas novedosas, como el flujo de conciencia y los saltos temporales, para construir un mundo onírico y roto, donde el tiempo no avanza en línea recta y las voces se pisan unas a otras. Esa manera de narrar influyó de forma decisiva en el boom latinoamericano y en autores como Gabriel García Márquez, que recogieron esa mezcla de realidad y extrañeza como si fuera lo más normal del mundo. Y claro, en literatura a veces lo que parece una rareza termina siendo una brújula.

Curly Velazquez sitúa ahí una evolución muy interesante: del pueblo fantasma de Rulfo al horror latinoamericano contemporáneo. Mariana Enríquez, formada bajo la sombra de la dictadura de Videla, usa el terror para trabajar el miedo, el trauma y la memoria histórica, como en Las cosas que perdimos en el fuego, donde el pasado violento reaparece en espacios cotidianos. No hace falta castillos ni pasadizos secretos cuando el terror ya vive en la calle, en casa o en el barrio.

A partir de ahí aparece el Nuevo Gótico Latinoamericano, un subgénero que mira de frente a problemas políticos y sociales como la violencia policial, la pobreza, el abuso de drogas y, sobre todo, las experiencias de las mujeres. En esa línea, Mónica Ojeda mezcla horror con mitología inca, folclore indígena y un paisaje andino amenazante en Las voladoras, enlazando naturaleza, violencia social y violencia sexual. El resultado es una literatura que no se limita a asustar, sino que también señala heridas muy concretas.

Podemos convertir esta ruta en un juego de lectura: buscar en cada obra tres elementos que den miedo, tres que hablen de memoria y tres que conecten paisaje y violencia. Antes de pasar a la siguiente historia, te invitamos a visitar JeiJoLand y seguir explorando lecturas que aprenden jugando.