Si alguna vez imaginamos extraterrestres, solemos ponerles dos ojos, dos brazos y una forma de hablar más o menos parecida a la nuestra. Pero la idea clave de la frase clave es otra: los alienígenas probablemente serían muy distintos de nosotros en cuerpo, mente y manera de entender el universo.
Daniel Whiteson, en conversación con Sean Carroll, señala que la ficción tira de humanoides por comodidad narrativa. En la realidad, en cambio, lo más plausible es que una civilización alienígena no se parezca a nada que podamos reconocer a simple vista. Y eso complica todo desde el principio, porque no solo hablamos de biología distinta, sino también de percepción, memoria y pensamiento.
Aquí viene lo interesante: nuestras formas de razonar no flotan en el vacío. El lenguaje, las matemáticas y el método científico están ligados a cómo somos, a lo que vemos, a lo que oímos y a la historia evolutiva que nos ha tocado. Vamos, que pensamos como pensamos porque somos quienes somos. Otra especie podría construir su conocimiento de otra manera, quizá con sentidos que ni imaginamos o con mentes colectivas en lugar de individuales.
Whiteson también pone en duda que la comunicación con alienígenas fuese algo sencillo. Sin un contexto compartido, hasta los números podrían dejar de ser una base universal. Lo que para nosotros es obvio, para otra civilización podría ser una rareza local. Incluso la idea de que exista un único método científico podría no sostenerse: quizá otras culturas tecnológicas descubren cosas sin entender del todo sus fundamentos, o siguen caminos completamente distintos.
Por eso conviene mirar con cierto escepticismo nuestros propios supuestos. Cuando hablamos de patrones, categorías o leyes, puede que estemos viendo el mundo con gafas humanas. No necesariamente está mal, pero sí limita lo que somos capaces de imaginar.
Y ahí aparece una pista curiosa para la paradoja de Fermi: tal vez no detectamos alienígenas no porque no existan, sino porque son tan diferentes que ni sabemos cómo buscarles ni cómo interpretar sus señales.
Podemos convertir esta idea en un juego: durante unos minutos, intentemos describir un alienígena sin usar ojos, brazos, voz ni números. Si nos atascamos rápido, ya hemos entendido el reto.
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