La disonancia cognitiva es ese picor mental que aparece cuando lo que pensamos choca con lo que hacemos, y nos empuja a justificar decisiones incluso cuando huelen a error.
En la vida diaria la disonancia cognitiva tiene más cabida de lo que nos gusta admitir. Cuando elegimos deprisa, defendemos esa elección como si nos fuera la vida en ello. No porque sea la mejor, sino porque no queremos sentir que metimos la pata. Nuestro cerebro prefiere retocar la historia antes que aceptar la incomodidad de estar equivocados.
Este mecanismo se nota en política, en debates públicos y también en conversaciones familiares. Cuanto más invertidos estamos en una versión de los hechos, más difícil es soltarla. A veces no es falta de información, es exceso de identidad. Si reconocer un fallo implica cambiar quiénes creemos que somos, nos agarramos a la narrativa con uñas y dientes.
En lo legal pasa algo parecido: cuando alguien ya se ha convencido de que una persona es culpable, puede llegar a ignorar datos que apuntan en otra dirección. No siempre por maldad, sino por coherencia interna mal entendida. En vez de revisar, protegemos la sensación de haber actuado bien.
En pareja y amistades también hay gasolina para este fuego. Tras un conflicto, podemos reinterpretar a la otra persona para que encaje con nuestro enfado o con nuestra decisión de alejarnos. Si hemos dicho o hecho algo que no nos deja en buen lugar, cambiamos el relato para seguir viéndonos como los buenos de la película.
El libro Mistakes Were Made, But Not By Me, de Carol Tavris y Elliott Aronson, lo explica con claridad: si no aceptamos el error, lo normal es que lo reforcemos. Y así una decisión impulsiva puede acabar convertida en una creencia rígida. Este es el camino corto hacia la radicalización de ideas equivocadas, porque cada justificación nueva hace más caro dar marcha atrás.
Para hablar con otros sin chocar todo el rato, la empatía ayuda más que el ataque directo. Si entramos a desacreditar, activamos el modo defensa y se acabó el diálogo. Si intentamos entender la necesidad que hay detrás de una creencia, tenemos más opciones de abrir una rendija para revisar evidencias juntos.
Gamificación rápida: hagamos el reto del abogado del yo, nos damos tres minutos para defender la postura contraria y ganamos un punto por cada dato que nos haga dudar sin ponernos rojos.
Si queremos aprender jugando y entender por qué nos cuesta tanto cambiar de idea, pasémonos por JeiJoLand.